Cuando Elena abrió la puerta de la casa de Lucía, no escuchó gritos.
Eso fue lo primero que la asustó.
El silencio.
No uno tranquilo.
Uno contenido.
Como si toda la casa estuviera respirando despacio para no romper algo más.
Lucía estaba en la sala.
De pie.
Con el teléfono en una mano.
La cara pálida.
Paula entró detrás de Elena con la laptop apretada contra el pecho.
Rodrigo cerró la puerta.
—¿Dónde están? —preguntó Elena.
Lucía señaló el cuarto de huéspedes.
—Adentro.
Eso bastó para que el co