La primera risa llegó antes del café.
Pequeña.
Imperfecta.
Pero risa al fin.
Mateo estaba sentado en el suelo del salón con la caja morada entre las piernas y una estrella azul pegada en la camiseta.
Sofía, frente a él, intentaba enseñarle a doblar una nueva sin que se rompiera la punta.
El gato dormía dentro de la fortaleza de cojines como si hubiera sido coronado durante la noche.
Y por unos segundos, solo por unos pocos segundos, la casa pareció sostener algo parecido a una mañana normal.
—N