A las seis y cincuenta y ocho, Elena ya estaba sentada en la orilla de la cama.
No había dormido.
Otra vez no.
La llave pequeña descansaba sobre la mesita de noche, al lado del vaso de agua y del teléfono con la pantalla apagada.
Parecía inofensiva.
Un pedazo de metal frío.
Nada más.
Y, sin embargo, pesaba más que toda la casa.
Sofía seguía dormida a su lado.
Con una mano encima del conejo.
La boca apenas abierta.
Una arruga mínima entre las cejas, incluso dormida.
Como si hasta los sueños de u