La manija de la puerta giró.
Daniel apareció en el marco justo cuando Elena y Rodrigo iban a salir.
Se detuvo en seco.
Primero miró a su madre en la cama.
Después a Elena.
Y por último al portafolio de Rodrigo.
No necesitó más.
Algo en su cara cambió.
Muy poco.
Lo suficiente.
—¿Qué hiciste? —preguntó.
No iba dirigido a Carmen.
Ni a Rodrigo.
Iba directo a Elena.
Como si en su mundo todavía pudiera asumir que todo lo que escapaba a su control era culpa de ella.
Elena sintió la llave fría apretada