El mensaje seguía brillando en la pantalla.
No dejes que siga hablando solo.
Voy para allá.
Ya no puedo ocultarlo más.
Elena levantó la vista despacio.
Daniel ya no parecía arrepentido.
Ahora parecía acorralado.
Y eso lo volvía mucho más peligroso.
—No le abras —dijo él.
La orden salió seca.
Sin disfraz.
Sin ternura.
Sin lágrimas.
Lucía soltó una exhalación breve desde la puerta.
Como si incluso ella hubiera estado esperando que la máscara terminara de caerse.
Elena guardó el teléfono.
—No