Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio fué largo e incómodo. Por primera vez comprendí por qué mi padre había confiado tanto en Rocco. No levantaba la voz, no perdía el control. Simplemente hacía que todos los demás lo perdieran.
La reunión terminó una hora después. Los directivos abandonaban la sala formando pequeños grupos, murmurando entre ellos. Yo seguía intentando ordenar todo lo que había escuchado.
Mi padre investigaba una corrupción interna. Había desaparecido un posible nuevo testamento. Ahora también faltaban documentos financieros. Y alguien había intentado vaciar una empresa fantasma utilizando su firma. Todo ocurría demasiado rápido.
—Verónica.
La voz de Rocco me hizo volver a la realidad.
—Ven conmigo.
Lo seguí hasta el antiguo despacho de mi padre. Hacía una semana que nadie entraba allí. Cuando la puerta se abrió, el tiempo pareció detenerse. El aroma del cuero, la madera y el café recién molido seguía impregnando el ambiente.
Durante un instante imaginé a mi padre levantando la vista de sus papeles para sonreírme como siempre. Sentí un nudo en la garganta. Caminé lentamente hasta su escritorio. Mis dedos acariciaron la superficie de madera oscura.
—Lo extraño...
La confesión escapó de mis labios antes de poder detenerla. Rocco permaneció en silencio. No dijo aquello de "lo siento". No intentó consolarme.
Simplemente respetó mi dolor. Y, curiosamente, ese silencio me reconfortó mucho más que cualquier palabra. Entonces vi una fotografía, estábamos los tres, mi padre en el centro, Rocco a un lado, yo al otro.
La imagen había sido tomada durante una gala benéfica en los viñedos de la familia, fruncí el ceño. Los viñedos...
Mi corazón dio un vuelco, la mascarada también había sido allí. Tomé el marco entre mis manos.
—¿Cuándo fue tomada?
Rocco levantó la vista.
Durante un segundo pareció perderse en el recuerdo.
—Hace dos años.
Observó la fotografía con intensidad.
Después murmuró casi para sí mismo:
—Aquí empezó todo...
Lo miré confundida. ¿Se refería a aquella gala? ¿A la conspiración contra mi padre? ¿O a algo más?
Antes de que pudiera preguntarle, alguien golpeó la puerta. Tres golpes secos y firmes.
El jefe de seguridad entró con el rostro pálido.
—Señor Altamirano...
—¿Qué ocurre?
El hombre extendió una carpeta.
—Acaba de llegar esto.
Rocco la abrió. Dentro había varias fotografías, su expresión cambió de inmediato. Me acerqué.
—¿Qué pasa?
Intentó cerrar la carpeta antes de que pudiera verla, pero ya era tarde. La primera fotografía mostraba mi automóvil saliendo de la universidad hacía apenas dos días. La segunda...
Yo entrando al edificio del Grupo Fénix el día de la lectura del testamento. La tercera...
Era de esa misma mañana. Rocco y yo bajando juntos del automóvil frente a la torre corporativa. Nos estaban vigilando. Desde antes de que yo llegara a la mansión. Sentí que el estómago se encogía.
—¿Quién tomó estas fotos?
El jefe de seguridad negó lentamente.
—Venían sin remitente.
Solo había una nota. Rocco tomó el pequeño sobre blanco, lo abrió, leyó el contenido. Sus ojos se endurecieron.
—¿Qué dice? —pregunté.
No respondió, le arrebaté la hoja. Solo había una frase escrita con letras recortadas de periódico.
"La protegiste una vez. La próxima no llegarás a tiempo."
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, levanté lentamente la vista. Por primera vez desde que conocía a Rocco...
Vi desaparecer completamente la máscara del hombre frío e imperturbable. Su mirada reflejaba algo mucho más peligroso, no era miedo.
Era la determinación absoluta de alguien dispuesto a enfrentarse a cualquiera para impedir que esa amenaza se cumpliera. Y en ese instante comprendí que la guerra que había comenzado tras la muerte de mi padre... ya no era solo por el Grupo Fénix. Ahora también era por mi vida.
El papel temblaba entre mis dedos, volví a leer aquella frase una y otra vez.
"La protegiste una vez, la próxima no llegarás a tiempo."
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Aquello no era una simple amenaza. Era un mensaje dirigido directamente a Rocco.
Él me arrebató la nota con calma, la dobló cuidadosamente y la guardó dentro de la carpeta, su rostro volvió a endurecerse. Como si el hombre que había visto unos segundos antes jamás hubiera existido.
—A partir de este momento nadie entra ni sale de esta planta sin mi autorización —ordenó al jefe de seguridad—. Duplica la vigilancia en la mansión y cambia inmediatamente los turnos del personal.
—Sí, señor.
—También quiero revisar los antecedentes de todos los empleados contratados durante los últimos seis meses.
El hombre asintió y abandonó el despacho. Esperé a que la puerta se cerrara.
—¿Piensas explicarme qué está pasando?
Rocco seguía observando las fotografías.
—Todavía no.
—¡Siempre respondes lo mismo!
Golpeé el escritorio de mi padre con ambas manos.
—Mi padre murió hace apenas una semana. Alguien nos está vigilando, hay documentos desaparecidos y amenazas. ¡Tengo derecho a saber!
Él levantó lentamente la vista. Sus ojos grises se clavaron en los míos.
—Precisamente porque tienes derecho a vivir, hay cosas que todavía no puedes saber.
Una carcajada amarga escapó de mis labios.
—¿Escucharás lo ridículo que suena eso?
—Me da igual cómo suene.
—¡Pues a mí no!
Di la vuelta al escritorio y quedé frente a él.
—Estoy cansada de que todos decidan por mí.
Primero mi padre.
Después el testamento.
Ahora tú.
¿En qué momento alguien va a preguntarme qué quiero?
Durante unos segundos ninguno habló.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
Entonces Rocco respiró profundamente.
—Cuando Arturo me pidió que te protegiera...
Me quedé inmóvil.
Era la primera vez que pronunciaba el nombre de mi padre desde el funeral.
—...me hizo prometer algo.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Qué cosa?
Él negó despacio.
—Eso tampoco puedo decírtelo.
Sentí deseos de arrojarle el primer objeto que encontrara.
—Eres desesperante.
—Lo sé.
—Te odio.
Sus labios dibujaron una sonrisa apenas perceptible.
—También lo sé.
Aquella tranquilidad terminó por sacarme de quicio.
Tomé mi bolso.
—Me voy.
—No.
—No puedes encerrarme aquí.
—No hasta que termine de revisar este edificio.
—No eres mi dueño.
Rocco dio un paso hacia mí.
—No.
Pero soy responsable de que regreses viva a la mansión.







