Mundo ficciónIniciar sesión¿Visitas a las dos de la mañana? El reglamento de Rocco decía estrictamente que las visitas estaban prohibidas sin autorización previa, una regla que evidentemente solo aplicaba para mí. Movida por la curiosidad y por la firme sospecha de que Rocco ocultaba algo turbio sobre los negocios de mi padre, guardé el análisis médico en el escondite más seguro de mi equipaje, abrí la puerta de mi dormitorio con sumo cuidado y me deslice en puntas de pie por el pasillo en penumbras.
Al asomarme con mucho cuidado por la barandilla de la gran escalera central que daba hacia el vestíbulo iluminado, divisé a Rocco de espaldas, hablando con un hombre de aspecto peligroso, vestido completamente de negro y de espaldas a la luz.
—El trabajo sobre los viñedos ya está hecho, Altamirano —dijo el misterioso hombre con una voz fría y rasposa, extendiendo una pequeña memoria USB hacia el tutor—. Tenemos los registros originales de la noche de la mascarada benéfica en los viñedos. Nadie sabe que estuviste ahí, ni lo que pasó en esa suite. Pero hay un problema, alguien de la junta directiva de los Fénix contrató a un detective privado para revisar las cámaras de esa misma noche.
Si descubren con quién estuviste, todo nuestro plan corporativo se irá al mismísimo infierno. Me llevé una mano a la boca en la oscuridad, sintiendo que el corazón se me detenía por completo. Rocco estaba buscando información sobre la noche en los viñedos. Sabía que algo importante había pasado y estaba intentando borrar sus huellas.
En mi intento por inclinarme un poco más para ver el rostro del informante, apoyé mi peso en una de las antiguas molduras de madera de la barandilla. Un crujido seco y agudo rasgó el silencio sepulcral del vestíbulo. Abajo, Rocco se tensó al instante. Con una velocidad aterradora, el magnate giró la cabeza directo hacia la penumbra de la escalera donde yo me ocultaba, clavando sus ojos implacables exactamente en mi dirección.
Sus ojos grises, agudos como dos puñales, se clavaron exactamente en el punto donde yo me ocultaba. Sin pensarlo dos veces, me agaché, pegando la espalda contra la pared de la barandilla, y retrocedí a gatas por el pasillo alfombrado. Me deslice como una sombra hacia mi habitación, empujé la puerta con suavidad y le pasé el seguro justo en el instante en que escuchaba los pasos pesados y decididos de Rocco subir los escalones de tres en tres.
Me lancé sobre la cama, cubriéndome con las mantas hasta la barbilla y forzando una respiración pausada. Un segundo después, el picaporte de mi puerta se sacudió con violencia.
—¡Verónica! Sé que estabas ahí fuera —la voz de Rocco llegó amortiguada por la madera, cargada de una furia contenida que hacía vibrar las paredes—. Abre la puerta, ahora, esperé unos segundos, fingiendo una voz ronca y adormilada.
—¿Qué carajo te pasa ahora, Rocco? Déjame dormir, te dije que no me encuentro bien.
—No juegues conmigo, Verónica, estúpido no soy, si tengo que tirar esta puerta abajo para demostrarte quién manda en esta casa, lo haré —sentenció él, y el tono frío de su voz indicaba que no estaba bromeando. Comprendí que llevarlo al límite era peligroso, me levanté de mala gana, desarreglé un poco mi cabello para simular que acababa de despertar y abrí la puerta. Rocco estaba de pie en la entrada, con la camisa blanca desabrochada hasta la mitad del pecho y los puños apretados. Su sola presencia física parecía devorarse el aire del pasillo.
—¿Qué es lo que quieres? —le dije, cruzándome de brazos con altanería—. ¿Acaso tu reglamento también incluye inspeccionar mis sueños a las tres de la mañana? Rocco dio un paso al frente, obligándome a retroceder hacia el interior de la habitación. Él cerró la puerta detrás de sí con un golpe seco. La cercanía volvió a volverse asfixiante, el penetrante aroma a sándalo y tabaco de lujo inundó mis fosas nasales, despertando en mi vientre una mezcla de náuseas y una electricidad prohibida que me hacía odiarme a sí misma.
—¿Qué escuchaste en la escalera, Verónica? —preguntó él, acorralándome contra el borde de la cama. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad posesiva y peligrosa.
—No sé de qué hablas. Escuché un ruido abajo y salí a mirar, pero todo estaba oscuro, así que regresé a mi cuarto —mentí, sosteniéndole la mirada con una audacia que hizo que a Rocco se le tensara la mandíbula—. ¿O es que acaso tienes secretos que esconder de la firma de mi padre? Rocco se inclinó hacia mi, tanto que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
Su mirada descendió por un instante hacia mis labios, desatando una tensión sexual tan sofocante que el pulso de ambos se aceleró al mismo tiempo. Él estiró una mano y me tomó por la barbilla, obligándome a mirarlo fijamente. Su tacto era firme, posesivo, pero extrañamente delicado.
—Escúchame bien, mocosa —murmuró él con voz ronca y densa—. Mi única misión en esta casa es protegerte, incluso de ti misma. No metas las narices donde no debes, porque los enemigos que acechan el imperio Fénix son reales, y no tendré piedad con nadie que intente cruzarse en mi camino, ni siquiera contigo. Sentí un escalofrío recorrerme la piel. La forma en que él me sostenía, la manera en que sus ojos me devoraban en la penumbra, me transportó de golpe a esa suite de los viñedos. Era el mismo toque, la misma dominación implacable.
—Suéltame —susurré, con la voz quebrada por una emoción que no pude controlar. Rocco me observó por un segundo más, sus dedos acariciaron casi imperceptiblemente mi piel antes de soltarla abruptamente. Se giró y salió de la habitación sin decir una palabra más, dejándome temblando en medio de la pieza. Al día siguiente, a las ocho en punto de la mañana, bajé al comedor principal.
El desayuno estaba servido en una vajilla de porcelana impecable, pero el ambiente era tenso. Rocco estaba sentado a la cabecera, revisando unos documentos en su portátil corporativa mientras tomaba café negro. Al verme entrar, vestida con un vestido verde sencillo que resaltaba mis curvas, él dejó el dispositivo a un lado.
—Te felicito. Aprendes rápido a cumplir los horarios —dijo él con su habitual tono sarcástico.
—Solo quiero terminar con esta farsa lo antes posible —replique, sentándome en el extremo opuesto de la larga mesa. Al ver los huevos revueltos y el tocino, una violenta oleada de náuseas me golpeó. Me obligó a apartar el plato de inmediato, tomando solo un vaso de agua fría. Rocco me observó con el ceño fruncido, analizando mi rostro pálido.
Antes de que pudiera interrogarme sobre mi evidente malestar, el teléfono celular corporativo de Rocco comenzó a sonar con una insistencia alarmante. Al mismo tiempo, el mío vibró en mi regazo. Rocco respondió con el ceño fruncido. Al escuchar la voz del otro lado, su rostro se tornó completamente rígido, perdiendo todo rastro de color.
—¿Qué estás diciendo, Ernesto? Eso es imposible —dijo Rocco, y su voz bajó a un registro tan frío que me heló la sangre—. ¿Quién filtró esa información? Yo con las manos temblorosas, desbloqueé mi propia pantalla. Tenía decenas de notificaciones de la junta directiva y un correo electrónico urgente…







