Mundo ficciónIniciar sesiónPero soy responsable de que regreses viva a la mansión.
La forma en que lo dijo hizo que algo dentro de mí vacilara, no sonó como una amenaza.
Sonó...
Como una promesa, sparté la mirada, no iba a permitir que me confundiera, jamás. Media hora después caminábamos por el antiguo despacho privado de mi padre.
Era una estancia distinta a la oficina principal, más pequeña, más personal. Allí conservaba fotografías familiares, premios empresariales y decenas de libros antiguos.
Todo seguía exactamente igual, como si él fuera a regresar en cualquier momento, me acerqué lentamente a una de las estanterías. Mis dedos recorrieron los lomos de los libros.
Economía, historia, derecho corporativo, viticultura. Sonreí con tristeza. Mi padre siempre decía que un empresario debía estudiar todos los días.
—¿Puedo llevarme algunas cosas?
Pregunté sin girarme. Rocco permanecía cerca de la puerta.
—Todo lo que sea personal.
Los documentos de la empresa se quedan aquí, asentí. Abrí uno de los cajones, había plumas, una agenda, algunas fotografías, y un pequeño cuaderno de cuero negro. Lo reconocí inmediatamente.
Mi padre nunca se separaba de él, lo utilizaba para escribir ideas importantes, lo abrí con cuidado. Las primeras páginas estaban llenas de anotaciones sobre reuniones y proyectos. Pero casi al final encontré algo diferente.
Solo había una frase escrita con su letra.
"Si algún día me ocurre algo, no confíes en..."
Nada más.
La página había sido arrancada.
Contuve la respiración.
—Rocco...
Él levantó la vista.
—¿Qué sucede?
Le mostré el cuaderno. Su expresión cambió apenas un instante. Tomó el cuaderno entre sus manos, revisó el borde roto de la hoja.
—La arrancaron hace poco.
—¿Quién?
No respondió. Observaba la libreta como si acabara de encontrar una pieza perdida del rompecabezas, entonces pasó los dedos por la tapa interior. Frunció el ceño.
—Esto no estaba aquí.
—¿Qué cosa?
Inclinó el cuaderno hacia la luz. Entre el cuero y el forro interior parecía esconderse un compartimiento muy delgado. Rocco introdujo con cuidado la punta de una carta metálica.
Se escuchó un leve chasquido. Mi corazón comenzó a acelerarse. El doble fondo acababa de abrirse…
El pequeño compartimiento oculto se abrió con un leve clic. Rocco permaneció inmóvil durante un segundo, como si tampoco hubiera esperado encontrar algo allí, yo me acerqué instintivamente.
Dentro solo había un diminuto sobre color marfil y una antigua llave plateada con un pequeño grabado en forma de fénix.
—¿Qué es eso? —pregunté en voz baja.
Rocco sacó primero la llave. La observó con atención, su expresión se endureció.
—La conozco.
Le arrebaté la llave antes de que pudiera guardarla.
—¿La conoces?
Él tardó unos segundos en responder.
—Tu padre la llevaba siempre consigo... hasta hace unos meses.
Miré nuevamente el grabado.
—¿Abre qué?
—No lo sé.
Su respuesta fue demasiado rápida, lo conocía lo suficiente para saber cuándo mentía.
—Mientes.
Los ojos grises de Rocco encontraron los míos.
—No completamente.
—Entonces sabes algo.
Él suspiró.
—Solo sé que Arturo mandó fabricar tres llaves iguales hace muchos años.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Tres?
Asintió lentamente.
—Nunca me explicó para qué servían.
Pero me pidió que, si algún día encontraba una de ellas, jamás permitiera que cayera en manos equivocadas. Antes de que pudiera seguir preguntando, abrí el pequeño sobre. Dentro solo había una fotografía, era antigua, quizá de quince o veinte años atrás.
Aparecían cuatro hombres brindando entre los viñedos. Reconocí inmediatamente a mi padre cuando era mucho más joven.
A su lado estaba Rocco... apenas un muchacho de poco más de veinte años. Los otros dos hombres me eran completamente desconocidos.
Di vuelta la fotografía. En la parte posterior había una frase escrita con la letra de mi padre.
"Los cuatro fundamos este imperio... solo uno decidió destruirlo."
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—¿Quiénes son ellos?
Rocco tomó la fotografía.
Su mandíbula volvió a tensarse.
—Viejos socios.
—Nunca escuché hablar de ellos.
—Porque dejaron de existir para el Grupo Fénix hace muchos años.
—¿Qué ocurrió?
Rocco permaneció callado. Su silencio comenzaba a desesperarme.
—¡Habla de una vez!
Él levantó la vista. Había algo distinto en sus ojos. Algo parecido al cansancio.
—Tu padre cometió el error de confiar demasiado. Y alguien aprovechó esa confianza.
Aquellas palabras me golpearon con fuerza. Recordé la página arrancada del cuaderno.
"Si algún día me ocurre algo, no confíes en..."
¿Acaso hablaba de uno de aquellos hombres?
Guardé cuidadosamente la fotografía dentro del sobre y también la llave.
—Esto es mío.
Rocco no discutió. Solo añadió una condición.
—Nunca las lleves encima cuando salgas sola.
Lo miré sorprendida.
—¿Ahora también vas a decirme cómo guardar mis recuerdos?
—No. Voy a intentar que sigas viva para recordarlos.
Aquella frase quedó suspendida entre nosotros, no había arrogancia, ni había ironía. Solo una seriedad que comenzaba a confundirme.
¿Por qué un hombre tan frío parecía dispuesto a cargar con el peso del mundo para protegerme?
Sacudí la cabeza. No podía permitirme bajar la guardia. Todavía sospechaba de él. Todavía era el hombre que controlaba mi herencia...
...y el mismo cuya colonia me transportaba inevitablemente a la noche de la mascarada. Un fuerte golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos. El jefe de seguridad entró apresuradamente.
—Señor Altamirano...
Encontramos algo.
—Habla.
—Revisamos las cámaras de seguridad del edificio.
Hay un problema. Rocco dio un paso adelante.
—¿Cuál?
—Las grabaciones del despacho del señor Arturo correspondientes al día anterior a su muerte... fueron borradas.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Borradas?
—Sí.
Pero nuestros técnicos recuperaron unos pocos segundos. El jefe de seguridad colocó una memoria USB sobre el escritorio.
—Es lo único que pudo salvarse.
Rocco conectó el dispositivo al ordenador de mi padre, la pantalla cobró vida, la fecha apareció en la esquina superior. Un día antes del supuesto accidente.
La imagen mostraba a mi padre entrando solo al despacho, parecía nervioso, miró varias veces hacia la puerta. Después abrió precisamente el mismo cajón donde acabábamos de encontrar el cuaderno.
Sacó una carpeta negra y, justo antes de que la imagen comenzara a distorsionarse, alguien abrió la puerta.
Solo se alcanzó a ver una silueta, alta, vestida de negro. Mi padre levantó la cabeza, y pronunció una única palabra.
Una palabra que hizo que Rocco empalideciera.
—¿Tú...?
La grabación se cortó en ese mismo instante. La pantalla quedó completamente negra, un silencio pesado cayó sobre el despacho. Sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo. Aquella persona había sido la última en visitar a mi padre antes de morir.
Y alguien había hecho todo lo posible por borrar esa prueba.







