Mundo ficciónIniciar sesiónEl despacho quedó completamente en silencio. La pantalla del ordenador permanecía negra después de que la grabación se cortara de forma abrupta. Sentí que el corazón me golpeaba con tanta fuerza que apenas podía respirar.
—Eso es todo... —murmuró el jefe de seguridad—. Es lo único que nuestros técnicos pudieron recuperar.
Rocco no respondió. Tenía la vista fija en el monitor apagado y los puños cerrados con tanta fuerza que los nudillos se le veían muy tensados.
Era la primera vez que lo veía realmente alterado. No era rabia, era algo más profundo, algo que parecía miedo.
—¿Quién era? —pregunté rompiendo el silencio.
Él siguió sin mirarme.
—No se distingue.
—Pero tú reaccionaste cuando escuchaste a mi padre decir "¿Tú?".
Entonces levantó lentamente la cabeza.
—Porque Arturo nunca se sorprendía fácilmente. Si dijo esa palabra... es porque jamás esperó encontrar a esa persona allí.
La respuesta me dejó más preguntas que certezas. Di un paso hacia él.
—¿Crees que esa persona lo mató?
Rocco tardó varios segundos antes de responder.
—Creo que esa persona fue la última en verlo con vida.
Y eso cambia todo. Mi garganta se cerró. Durante una semana había intentado convencerme de que el accidente de mi padre había sido una desgracia.
Pero ahora...
Ahora existía una sombra, una posibilidad, de un asesinato. El jefe de seguridad volvió a hablar.
—Señor Altamirano, hay algo más.
Rocco lo observó.
—Habla.
—La persona que borró las cámaras conocía perfectamente nuestro sistema de seguridad. No fue un hacker cualquiera. Sabía exactamente qué servidores eliminar.
Mi estómago se contrajo. Eso significaba una sola cosa.
—Alguien de la empresa...
El hombre asintió.
—O alguien que tuvo acceso interno.
Mis ojos fueron directamente hacia Rocco. Él también lo comprendió. Había un traidor dentro del Grupo Fénix. Uno que llevaba tiempo moviendo los hilos. Rocco tomó la memoria USB y la guardó en el bolsillo interior de su saco.
—Nadie puede enterarse de esto.
El jefe de seguridad asintió.
—Ya di la orden de mantener absoluto silencio.
—Perfecto.
Cuando el hombre abandonó el despacho, volví a quedarme sola con Rocco. El ambiente era sofocante. Los dos observábamos el escritorio de mi padre como si aún esperáramos que apareciera detrás de aquella silla.
—¿Por qué nunca me dijiste que sospechabas de su muerte? —pregunté finalmente.
Rocco respiró hondo.
—Porque las sospechas sin pruebas solo sirven para crear pánico.
—¿Y ahora?
Él me miró y yo a él.
—Ahora tenemos el primer indicio. No pienso detenerme hasta descubrir quién hizo esto.
Su voz sonó firme y convencida. Durante un instante olvidé que era mi tutor. Olvidé nuestras discusiones.
Solo vi al hombre que había perdido a su mejor amigo, y aquello me desconcertó. Porque el dolor que reflejaban sus ojos no podía fingirse.
Entonces sonó su teléfono. Rocco contestó inmediatamente.
—Habla.
Su expresión cambió en cuestión de segundos. Toda la calma desapareció.
—¿Qué?
Se incorporó de golpe.
—¿Dónde ocurrió?
...
—No.
No la pierdan de vista, voy para allá, colgó sin añadir una palabra.
—¿Qué pasó? —pregunté.
Él tomó las llaves del automóvil.
—Acaban de localizar al detective privado que contrató la junta para investigar las cámaras de los viñedos.
Mi corazón dio un vuelco. El mismo detective del que había hablado el hombre vestido de negro aquella madrugada.
—¿Encontró algo?
Rocco me miró con intensidad.
—Eso espero.
Pero cuando lleguemos...
...tal vez ya sea demasiado tarde.
Rocco ya tenía una mano sobre el picaporte cuando reaccioné.
—¡Espera!
Él se volvió hacia mí con impaciencia.
—¿Qué?
—Yo también voy.
Su expresión se endureció de inmediato.
—No.
—No era una pregunta.
—Y mi respuesta sigue siendo no.
Crucé los brazos, sosteniéndole la mirada.
—Ese detective está investigando la muerte de mi padre, tengo derecho a saber qué descubrió.
—Tienes derecho a seguir con vida.
Aquellas palabras me desconcertaron.
—¿Qué significa eso?
Rocco caminó hasta quedar frente a mí.
—Significa que todavía no sabemos quién está detrás de todo esto. Si alguien fue capaz de borrar cámaras de seguridad y posiblemente asesinar a Arturo, también puede intentar eliminar a cualquiera que se acerque demasiado a la verdad.
Sentí un escalofrío, durante un instante, quise creerle, pero enseguida recordé la conversación que había escuchado la noche anterior.
"Tenemos los registros originales de la noche de la mascarada..."
Él también ocultaba secretos, muchos secretos.
—No pienso quedarme encerrada mientras tú decides qué puedo saber y qué no.
Rocco respiró hondo, como si estuviera conteniendo el impulso de discutir.
—Verónica...
—No soy una niña.
—Precisamente por eso deberías entender el peligro.
—Y precisamente porque soy adulta voy contigo.
Durante varios segundos ninguno de los dos habló. Finalmente, Rocco negó con la cabeza.
—Cinco minutos.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Cinco minutos para recoger tus cosas y luego salimos.
No pude evitar sorprenderme, esperaba otra negativa, en cambio, había cedido. Rápidamente empecé a recoger mis cosas y organizar lo que necesitaba.
Mientras organiza lo que había decidido llevar, mi mente no dejaba de dar vueltas. El detective... Las cámaras... La mascarada... La muerte de mi padre... Y mi embarazo. Llevé una mano hasta mi vientre de manera inconsciente.
—Tengo que protegerte —susurré.
Cinco minutos después tenía todo listo. Rocco ya me esperaba junto a la entrada principal. Vestía un abrigo oscuro y hablaba por teléfono con alguien de seguridad.
—Quiero dos vehículos detrás del mío. Nadie se acerca a Verónica sin mi autorización.
Mi respiración se detuvo un instante.
¿Acababa de decir eso?
Cuando colgó, abrió la puerta del automóvil.
—Sube.
El trayecto transcurrió casi en absoluto silencio. La ciudad apenas despertaba. Las calles todavía estaban húmedas por la lluvia que acaba de pasar. Yo observaba por la ventana, intentando ordenar todas las piezas del rompecabezas.
De pronto recordé algo. Giré lentamente hacia Rocco.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Él no apartó la vista del camino.
—Depende.
—¿Estuviste enamorado de alguien alguna vez?
Las manos de Rocco se tensaron apenas sobre el volante, un gesto casi imperceptible, pero lo noté.
—No veo qué relación tiene eso con esta investigación.
—Respóndeme.
Pasaron unos segundos.
—Sí.
Aquella respuesta me tomó por sorpresa.
—¿Y qué pasó?
Una sonrisa amarga apareció fugazmente en sus labios.
—La perdí.
No dijo nada más, ni yo pregunté. Por alguna razón, aquella confesión había sonado demasiado sincera. Minutos después, los vehículos se detuvieron frente a un pequeño edificio de oficinas.
Dos patrullas bloqueaban la entrada, varios agentes caminaban de un lado a otro. Algo había ocurrido. Rocco bajó primero, uno de los policías se acercó inmediatamente.
—Señor Altamirano...
Llegaron tarde, mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Dónde está el detective? —preguntó Rocco.
El oficial bajó la mirada.
—Lo encontramos en su despacho.
Está muerto, sentí que el mundo daba vueltas.
—¿Qué...?
—Aparentemente fue un suicidio, Rocco negó lentamente.
—No.
El oficial frunció el ceño.
—¿Cómo dice?
—No fue un suicidio.
Lo asesinaron, el policía abrió mucho los ojos.
—¿Tiene pruebas?
Rocco observó el despacho acordonado durante unos segundos. Luego señaló una ventana abierta en el segundo piso.
—El detective era demasiado cuidadoso para dejar esa ventana abierta después de revisar documentos confidenciales.
Después miró una taza de café sobre el escritorio.
—Y el café todavía está caliente.
Eso significa que quien lo mató salió hace apenas unos minutos, un escalofrío recorrió mi espalda. Entonces sentí algo, alguien nos observaba.
Levanté lentamente la cabeza hacia el edificio de enfrente. En una azotea lejana, una figura completamente vestida de negro sostenía unos binoculares apuntando directamente hacia nosotros.
Cuando nuestras miradas parecieron cruzarse...
El desconocido sonrió y desapareció detrás del borde del edificio.







