Mundo ficciónIniciar sesión"La próxima muerte será culpa de ustedes.”
El silencio fue absoluto. Nadie se atrevió a respirar. Por primera vez desde que conocía a Rocco... Vi algo parecido al miedo cruzar fugazmente por sus ojos. Cerró la computadora de golpe.
—La reunión terminó.
Los accionistas comenzaron a protestar. Él ni siquiera los escuchó. Tomó mi brazo con firmeza.
—Ven conmigo.
Casi tuve que correr para seguirle el paso por los interminables pasillos de la mansión. Cuando entramos a su despacho, cerró la puerta con llave.
—¿Qué haces?
No respondió. Se acercó a la ventana, sacó el teléfono y marcó un número.
Escuchó unos segundos.
—Quiero seguridad reforzada alrededor de toda la propiedad. Nadie entra sin mi autorización. Duplica los hombres en los accesos y revisa cada vehículo.
Colgó. Yo seguía observándolo.
—¿Tan grave es?
Por primera vez desde que lo conocía... Rocco tardó varios segundos en responder. Cuando finalmente habló, su voz sonó más baja que nunca.
—Sí.
Se giró lentamente hacia mí. Sus ojos ya no reflejaban autoridad. Reflejaban una decisión.
—A partir de este momento ya no estás solamente bajo mi tutela, Verónica.
Hizo una breve pausa.
—Estás en peligro.
Antes de que pudiera hacerle una sola pregunta, el teléfono de mi bolso vibró. Era un número desconocido. Abrí el mensaje. Solo contenía una fotografía. Era la entrada principal de la mansión.
Tomada... en ese mismo instante. Debajo aparecía una única frase.
"Sabemos dónde estás.”
Le mostré a Rocco y el se puso tenso, se notaba su estrés genuino.
Luego nos fuimos a las oficinas de la corporación. Las puertas de cristal del edificio corporativo se abrieron lentamente frente al vehículo negro de Rocco.
Observé la imponente torre donde mi padre había construido el Grupo Fénix desde prácticamente nada. Durante años había entrado allí tomada de su mano, sintiéndome la princesa de un imperio que algún día también sería mío.
Hoy todo era diferente. Los guardias de seguridad ya no me sonreían con naturalidad. Los empleados evitaban mirarme. Algunos incluso bajaban la voz cuando pasábamos a su lado. El apellido Fénix seguía siendo poderoso. Pero su heredera acababa de convertirse en el centro de todos los rumores.
—No bajes todavía.
La voz de Rocco rompió el silencio dentro del automóvil.
Giré la cabeza hacia él.
—¿Ahora también necesitas darme permiso para respirar?
Ni siquiera reaccionó a mi sarcasmo. Miraba atentamente la entrada principal. Sus ojos recorrían cada rostro. Cada vehículo y movimiento, como si esperara que algo ocurriera.
—¿Qué estás haciendo?
—Observando.
—¿A quién?
—A cualquiera que nos observe demasiado.
Fruncí el ceño.
—Estás exagerando.
Rocco soltó una risa seca.
—Quisiera que fuera así.
Su teléfono vibró. Contestó inmediatamente.
—Habla.
Permaneció escuchando unos segundos. Su expresión cambió apenas un instante.
—Entendido.
Colgó.
—¿Problemas?
—Siempre.
Abrió la puerta del vehículo, antes de bajar se volvió hacia mí.
—Escúchame con atención.
Su tono era tan serio que dejé de lado cualquier comentario irónico.
—No te separes de mí durante toda la mañana.
—¿Tienes miedo de que escape?
—Tengo miedo de algo mucho peor.
No explicó nada más. Salió del automóvil. Yo lo seguí. Decenas de periodistas aguardaban detrás de las vallas de seguridad. En cuanto me reconocieron, comenzaron a gritar preguntas.
—¡Señorita Fénix!
—¿Es cierto que impugnará el testamento?
—¿Confía en Rocco Altamirano?
—¿Quién heredará finalmente el grupo?
—¿La muerte de Arturo fue un accidente?
Los flashes comenzaron a cegarnos, instintivamente retrocedí un paso. Entonces sentí una mano firme sujetar mi brazo, Rocco, no fue un gesto romántico. Fue el movimiento rápido y preciso de alguien que protegía a otra persona en medio del caos.
—No respondas.
Caminó sin disminuir el paso. Los escoltas formaron un círculo alrededor de nosotros. Entramos al edificio mientras las preguntas seguían persiguiéndonos. Cuando las puertas del ascensor se cerraron, el silencio regresó. Solté el aire lentamente.
—Los odio.
—Ellos solo hacen su trabajo.
—No.
Lo miré con rabia.
—Se alimentan del dolor ajeno.
Por un instante Rocco permaneció callado.
—A veces el poder atrae ese tipo de personas.
No supe qué responder, era la primera vez que hablaba sin arrogancia. Las puertas del ascensor se abrieron en el último piso. Todo el consejo ejecutivo ya estaba reunido.
En cuanto entramos, las conversaciones cesaron. Sentí decenas de miradas clavarse sobre mí. Algunos ejecutivos mostraban respeto. Otros... abierta desconfianza. Beltrán fue el primero en ponerse de pie.
—Señorita Fénix. Qué gusto verla recuperada.
Su sonrisa era tan falsa que me revolvió el estómago.
—No puedo decir lo mismo.
Beltrán soltó una pequeña carcajada.
—Tiene el carácter de su padre.
—Y espero tener también su capacidad para descubrir traidores.
El salón quedó completamente en silencio. Vi cómo varios directivos evitaban mirarse entre sí. Beltrán dejó de sonreír. Antes de que pudiera responder, Rocco ocupó la cabecera de la mesa.
—Comencemos.
No hemos venido a perder el tiempo. Uno de los abogados proyectó varios documentos sobre la pantalla principal, balances, estados financieros, transferencias, empresas vinculadas.
Mi padre llevaba semanas investigando algo muy serio. Cada nueva página aumentaba las dudas. Entonces apareció una transferencia millonaria realizada pocos días antes de la muerte de mi padre.
Destino... Una empresa desconocida, sin empleados, sin oficinas, creada apenas tres meses antes. Rocco entrecerró los ojos.
—¿Quién autorizó este movimiento?
Nadie respondió. El silencio comenzó a resultar incómodo. Hasta que el director financiero levantó lentamente la mano.
—La orden... llevaba la firma del presidente Arturo Fénix.
Mi corazón dio un vuelco, imposible. Conocía perfectamente la firma de mi padre, y también sabía que jamás habría enviado semejante cantidad de dinero a una empresa fantasma.
Miré a Rocco, él también lo sabía. Porque por primera vez desde que lo conocía... Vi cómo una sombra de auténtica preocupación cruzaba su rostro.
Un silencio sepulcral cayó sobre la sala de juntas. Nadie se atrevía a moverse.
Mi mirada iba del documento proyectado en la pantalla al rostro de Rocco. Aunque mantenía su habitual expresión impasible, conocía lo suficiente su carácter para notar la tensión en la forma en que apretaba la mandíbula.
—Quiero el documento original —ordenó con voz firme.
El director financiero tragó saliva.
—Solo tenemos la copia digital.
—Entonces consígame el original.
—Desapareció del archivo físico después del funeral del señor Arturo.
Una corriente helada recorrió mi cuerpo.
—¿También desapareció? —pregunté casi en un susurro.
Todos giraron la vista hacia mí. Me puse de pie lentamente.
—Primero desaparece el supuesto nuevo testamento... ahora desaparece la autorización original de esta transferencia. ¿No les parece demasiada casualidad?
Beltrán sonrió con una tranquilidad que me resultó irritante.
—Las casualidades existen, señorita Fénix.
—No cuando cuestan millones de dólares.
Mi respuesta hizo que varios directivos bajaran la mirada. Rocco apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Solicitaremos una auditoría forense independiente.
La reacción fue inmediata.
—¡Eso es inadmisible!
—¡Sería un escándalo para el grupo!
—¡Las acciones caerán!
Las protestas llenaron la sala. Rocco esperó unos segundos. Después habló con una calma que imponía más respeto que cualquier grito.
—Si alguien teme una auditoría...
...quizá sea porque tiene algo que esconder.
El silencio regresó de inmediato.







