Mundo ficciónIniciar sesiónEl teléfono temblaba entre mis manos. Por un instante fui incapaz de respirar, las notificaciones seguían entrando una detrás de otra, llenando la pantalla con alertas de la junta directiva, correos marcados como urgentes y mensajes de números desconocidos.
Frente a mí, Rocco permanecía inmóvil con el celular pegado al oído, su mandíbula estaba tan tensa que parecía tallada en piedra.
—Bloqueen cualquier acceso al servidor central hasta que yo llegue —ordenó con una voz tan fría que hizo que un escalofrío recorriera mi cuerpo—. Nadie descarga un solo archivo más sin mi autorización. ¿Me escuchaste, Ernesto? Nadie.
Colgó sin despedirse, el silencio que quedó entre nosotros era más pesado que el mármol del comedor. Bajé la mirada hacia mi propio teléfono y abrí el correo electrónico que encabezaba todas las notificaciones.
Remitente: Secretaría General del Grupo Fénix.
Asunto: Convocatoria extraordinaria. Máxima prioridad.
Sentí un nudo en el estómago mientras comenzaba a leer.
"Por disposición de varios accionistas mayoritarios, se convoca una sesión extraordinaria de emergencia debido a la filtración de documentos confidenciales relacionados con la administración del señor Arturo Fénix durante las semanas previas a su fallecimiento."
Continué leyendo con el corazón desbocado.
"La documentación sugiere que el presidente fallecido investigaba posibles actos de corrupción dentro del Grupo Fénix. Debido a la gravedad de los hechos, la Junta Directiva exige la presencia inmediata del señor Rocco Altamirano y de la heredera Verónica Fénix."
Mi respiración se volvió irregular, mi padre... Él sabía que algo ocurría antes de morir.
Levanté lentamente la vista, Rocco ya me estaba observando, por primera vez desde que había comenzado aquella absurda tutela, no había arrogancia en sus ojos, solo preocupación y se veía auténtica.
—¿Lo leíste? —preguntó.
Asentí despacio.
—Papá estaba investigando algo... Él respiró hondo.
—Sí.
—¿Lo sabías?
Durante unos segundos no respondió. Se acercó hasta la enorme ventana del comedor y observó los jardines de la mansión mientras cruzaba los brazos.
—Sabía que Arturo sospechaba de algunos movimientos financieros irregulares.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—No era el momento.
Solté una risa amarga.
—Qué conveniente.
Giró despacio hacia mí.
—No confundas prudencia con traición, Verónica.
—¿Prudencia? —me levanté de golpe de la silla—. Mi padre lleva una semana muerto, me obligas a vivir en esta casa como si fuera una prisionera, ocultas reuniones a las dos de la madrugada y ahora resulta que sabías que alguien estaba conspirando dentro de la empresa.
Di un paso hacia él.
—¿Qué más me ocultas?
Sus ojos grises se endurecieron.
—Más de lo que imaginas.
Aquella respuesta me atravesó como un cuchillo. Durante un segundo volví a recordar al hombre vestido de negro entregándole aquella memoria USB en mitad de la noche.
"Tenemos los registros originales de la mascarada..."
¿Qué demonios había pasado realmente aquella noche?
¿Por qué Rocco estaba tan desesperado por recuperar esos archivos?
Mis pensamientos fueron interrumpidos por el sonido del teléfono fijo de la mansión.
El mayordomo apareció casi de inmediato.
—Señor Altamirano... la videoconferencia con la junta comenzará en cinco minutos.
Rocco hizo un gesto afirmativo.
—Prepárenla en la sala principal.
El hombre desapareció en silencio.
Yo también me disponía a marcharme cuando escuché su voz detrás de mí.
—Tú vienes conmigo.
Me detuve en seco, gré lentamente.
—No tengo nada que hablar con esa gente.
—Sí lo tienes.
—Ellos jamás me han tomado en serio.
—Precisamente por eso debes presentarte.
Negué con la cabeza.
—No pienso convertirme en un espectáculo para esos buitres.
Rocco caminó hasta quedar frente a mí. La diferencia de estatura volvía a hacerme sentir ridículamente pequeña.
—Escúchame bien.
Su tono había cambiado. Ya no era el tutor autoritario, era el empresario acostumbrado a dirigir imperios.
—Hoy no van a atacar únicamente a la empresa.
Hizo una breve pausa.
—Van a atacarte a ti.
Mi orgullo me obligó a sostenerle la mirada.
—Puedo defenderme sola.
Él negó muy despacio.
—Todavía no sabes contra quién estás peleando.
Sentí un extraño escalofrío. Había algo en su voz... Algo distinto.
Como si realmente intentara advertirme, como si conociera un peligro que yo ni siquiera alcanzaba a imaginar. Subimos juntos hacia el segundo piso de la mansión. Durante el trayecto ninguno habló.
Solo se escuchaban nuestros pasos sobre el mármol y el lejano murmullo del personal preparando la sala de reuniones.
Cuando entré, me encontré con una enorme pantalla ocupando toda una pared. Los principales accionistas del Grupo Fénix ya aparecían conectados desde distintas ciudades.
Algunos evitaban mirarme, otros me observaban con una mezcla de lástima y desconfianza. Reconocí varios rostros que habían asistido al funeral de mi padre apenas unos días atrás.
Ahora ninguno parecía guardar luto, solo olían dinero. Rocco ocupó la cabecera de la mesa. Yo me senté dos lugares más allá. Uno de los directivos carraspeó antes de hablar.
—Comencemos.
El ambiente se volvió tan tenso que incluso el aire parecía haberse detenido. Y tuve la desagradable sensación de que aquella reunión cambiaría mi vida mucho más de lo que ya lo había hecho el testamento de mi padre…
Un hombre de cabello completamente blanco tomó la palabra apenas la reunión quedó oficialmente abierta. Era Mauricio Beltrán, uno de los accionistas más antiguos del Grupo Fénix y, según mi padre, un hombre capaz de vender a su propia familia por unas cuantas acciones más.
—Lamento profundamente la muerte de Arturo —dijo con una solemnidad que sonaba completamente falsa—. Pero el Grupo Fénix no puede detenerse por sentimentalismos, necesitamos respuestas, otro rostro apareció en la pantalla.
—Y necesitamos saber quién filtró los documentos confidenciales.
El ambiente se volvió todavía más pesado. Rocco permanecía completamente inmóvil, con las manos entrelazadas sobre la mesa, la mirada fija, esperando, como un depredador que deja hablar a su presa antes de atacar.
—Señor Altamirano —continuó Beltrán—. Usted era el hombre de mayor confianza de Arturo. ¿Puede explicar por qué existen informes internos que demuestran que él investigaba una posible red de corrupción dentro del consorcio sin informar a esta junta?
Rocco levantó lentamente la vista.
—Porque no confiaba en todos los miembros de esta mesa.
Un silencio absoluto invadió la videoconferencia. Varios directivos intercambiaron miradas incómodas, uno de ellos golpeó el escritorio.
—¿Está insinuando que alguno de nosotros traicionó al presidente?
—No lo estoy insinuando.
Rocco apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Lo estoy afirmando.
Mi respiración se detuvo, jamás lo había visto desafiar de esa manera a toda la junta directiva.
—Arturo descubrió movimientos financieros irregulares semanas antes de morir. Me pidió absoluta discreción mientras reuníamos pruebas. Lamentablemente... nunca tuvo tiempo de terminar esa investigación.
Un murmullo recorrió la pantalla. Yo observaba a Rocco sin poder apartar la vista, aquellas palabras no parecían ensayadas. Sonaban... sinceras.
—¿Y pretende que creamos esa historia? —intervino otro accionista con evidente sarcasmo—. Qué conveniente que el único hombre que podía confirmar su versión ya esté muerto.
Noté cómo la mandíbula de Rocco volvió a tensarse.
—No necesito que me crean.
Su voz salió firme.
—Necesito encontrar al responsable.
Beltrán sonrió con una calma inquietante.
—Entonces empecemos por lo evidente.
Giró lentamente la cabeza hacia la cámara.
—La señorita Verónica Fénix.
Sentí que todas las miradas recaían sobre mí.
—¿Yo?
—Usted heredará el grupo dentro de dos años. ¿Puede asegurar bajo juramento que no conocía las investigaciones privadas de su padre?
Tragué saliva.
—No sabía nada.
—¿Nunca vio documentos?
—No.
—¿Nunca escuchó conversaciones?
Negué lentamente.
—Mi padre jamás mezcló los negocios con la familia.
Beltrán dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Qué extraño...
Sus dedos comenzaron a golpear el escritorio.
—Porque tenemos información que indica que el señor Arturo Fénix pretendía modificar nuevamente su testamento apenas cuarenta y ocho horas antes de morir.
Sentí que el mundo dejaba de girar. Miré automáticamente a Rocco. Él tampoco esperaba aquella revelación.
—Eso es imposible —respondió con frialdad.
—¿Está seguro?
Beltrán abrió una carpeta.
—Existe un borrador preparado por el despacho jurídico.
Si ese documento hubiera sido firmado...
...la tutela habría desaparecido. Abrí los ojos como platos.
¿Qué? Mi padre... ¿Había querido cancelar todo aquello? Giré lentamente hacia Rocco.
Su expresión permanecía imperturbable. Pero conocía lo suficiente sus gestos para notar un pequeño cambio, sus dedos se cerraron con fuerza. Él tampoco sabía de ese documento.
La reunión se convirtió en un caos. Todos hablaban al mismo tiempo, acusaciones, amenazas, exigencias. Entonces Rocco golpeó la mesa una sola vez. El sonido bastó para imponer silencio.
—Quiero ese borrador en mi despacho antes del mediodía.
—No será posible.
—¿Por qué?
Beltrán sostuvo su mirada.
—Porque desapareció.
Otra vez, otro documento perdido, otra prueba desaparecida, otra pieza del rompecabezas. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Mi padre estaba intentando decirme algo incluso después de muerto.
Pero alguien se aseguraba de borrar cada rastro. De repente apareció una nueva ventana en la pantalla. El departamento de sistemas. El joven ingeniero apenas podía respirar.
—Señor Altamirano...
—Habla.
—Tenemos otro problema.
Todos guardaron silencio.
—Hace veinte minutos alguien intentó acceder al servidor donde el señor Arturo almacenaba sus investigaciones privadas.
Rocco se puso de pie.
—¿Lo consiguieron?
—No.
—¿Entonces?
El muchacho tragó saliva.
—Pero dejaron un mensaje.
Mi corazón comenzó a latir con violencia. En la pantalla apareció una sola frase escrita con letras blancas sobre fondo negro.
"La próxima muerte será culpa de ustedes."







