El Range Rover blindado irrumpió en el camino de grava de la mansión Harrington con un chirrido que rompió el silencio de la tarde londinense.
La lluvia había comenzado a caer con fuerza, golpeando el parabrisas como miles de dedos impacientes, mientras el chófer —pálido y con las manos temblando en el volante— detenía el vehículo frente a la puerta principal.
Lady Eleanor bajó primero, el rostro demacrado, el abrigo manchado de sangre ajena.
Lord Reginald salió a recibirlos en el vestíbulo, alarmado por la llamada urgente de su esposa, pero una sola mirada a su hijo —cubierto de sangre, los nudillos partidos, la camisa desgarrada— lo dejó sin palabras.
Marcela descendió del coche con dificultad, el vientre de ocho meses protestando con cada movimiento.
Un corte superficial en el brazo izquierdo sangraba bajo la manga rota; otro en la mejilla, apenas un rasguño, pero que ardía como fuego.
No era nada.
Ella había tenido heridas peores en Siria, en Colombia, en lugares que estos mu