El Range Rover blindado irrumpió en el camino de grava de la mansión Harrington con un chirrido que rompió el silencio de la tarde londinense.
La lluvia había comenzado a caer con fuerza, golpeando el parabrisas como miles de dedos impacientes, mientras el chófer —pálido y con las manos temblando en el volante— detenía el vehículo frente a la puerta principal.
Lady Eleanor bajó primero, el rostro demacrado, el abrigo manchado de sangre ajena.
Lord Reginald salió a recibirlos en el vestíbulo,