Capítulo 86.

POV Martina.

El eco de las risas infantiles quebraba la tranquilidad del comedor en aquella mañana soleada, un sonido que resonaba como campanas de libertad en los pasillos de la mansión, un bálsamo para mi alma herida. Había felicidad genuina en el aire, una paz que se sentía casi irreal después de años de tormentas. Me quedé inmóvil en la cabecera de la mesa, observando la escena con el corazón latiendo en un ritmo de gratitud y temor contenido, como si temiera despertar de un sueño demasiado perfecto. El sabor a pan recién horneado se mezclaba con el dulzor de las frutas frescas —fresas jugosas, mangos maduros cortados con precisión por las manos de Graciela—, y la luz del sol filtraba rayos dorados a través de las ventanas altas, bañando la vajilla de porcelana en un resplandor que parecía bendecir cada detalle.

Sin embargo, lo que más me tocó —lo que me dejó sin aliento, con las lágrimas quemando en mis ojos— no fue la luz ni los olores, sino la imagen que tenía delante: Gabriel,
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