Capítulo 74.
POV Martina.
Las noches en la mansión se habían vuelto interminables, un velo de quietud opresiva que se extendía como una niebla espesa, absorbiendo los muros de mármol, sofocando los pasillos y filtrándose entre las puertas cerradas como un veneno sutil. Cada hora que pasaba en vela era un recordatorio cruel de lo que había perdido: no solo a Santiago, sino a la intimidad que una vez nos unía, esa conexión que ahora pendía de un hilo frágil, tenso hasta el punto de romperse. Él descansaba en la habitación principal —nuestro santuario de antaño, donde habíamos susurrado promesas y compartido sueños—, mientras yo me confinaba en un cuarto de huéspedes impersonal, apenas a unos pasos de distancia. Pero esos pasos se sentían como un abismo insalvable, un vacío que me ahogaba en la oscuridad.
A veces, en la madrugada, cuando el silencio era tan absoluto que podía oír el latido de mi propio corazón, me levantaba descalza y me acercaba a su puerta. Colocaba la mano sobre la madera fría, re