POV MARTINA
No hizo falta despedir a todos los invitados para entender que la velada había terminado. Y no, no como lo imaginé. El trayecto en el coche fue un largo silencio, tan espeso que hasta el motor parecía contener el aliento. Santiago conducía con el ceño fruncido, los nudillos blancos sobre el volante. Yo, mirando por la ventana, contaba mentalmente las luces de los semáforos solo para no decir algo de lo que pudiera arrepentirme.
Una parte de mí quería paz. Pero otra… necesitaba grita