Después de aquel episodio, Milord continuó rodeándose de personas a su disposición, aunque el tamaño de su harem nunca volvió a ser tan numeroso como antes. En lugar de mantener un grupo fijo y amplio, ahora traía ocasionalmente a un par de hembras, luego a otra, siempre según sus caprichos y necesidades.
No se limitaba únicamente a hembras: en varias ocasiones, también seleccionaba a elfos jóvenes, hombres que destacaban por su belleza delicada y su apariencia atractiva. La edad, el género o la raza eran completamente irrelevantes para él; cualquier individuo que llamara su atención podía convertirse en objeto de sus impulsos. La variedad de sus elecciones era sorprendente: jovencitas y hembras maduras, rubias y morenas, pieles claras y oscuras, cabellos negros, castaños, plateados o blancos; hombres y mujeres, todos se sometían a su voluntad si Milord lo deseaba.
Su apetito por la pasión y la violencia era insaciable, su promiscuidad no conocía límites. Nada de lo que hacía tenía lí