—Por esa razón —prosiguió Milord, prepotente—, he tomado la decisión de imponerte un castigo, Rey Alfa Askeladd. ¿Y sabes cuál fue ese castigo? Un grupo de tus lobas, junto con sus crías, fueron masacradas sin piedad. Mis lobos y yo disfrutamos cada instante de su agonía, nos divertimos con sus gritos y con el dolor que provocamos. Todo eso, Askeladd, fue consecuencia directa del error que cometiste.
Dio un paso hacia adelante, con una expresión llena de soberbia.
—Esa fue mi primera advertencia. Y ahora escucha bien lo que te digo: devuélveme a mi Loba Roja o te juro que desataré una guerra. Estoy al tanto de tu reputación, de lo que se dice de ti, pero déjame dejarte algo en claro: No te temo, Askeladd. No hay en mí ni un gramo de miedo hacia ti ni hacia tus lobos. Si tengo que levantar mis garras contra ti, lo haré sin dudar, y si eso implica arrasar con tu manada, con tus tierras y con todo el Reino de Sterulia, lo haré sin remordimientos.
De pronto, alzó la voz.
—¡Esa loba me per