Por un instante fugaz, Askeladd llegó a preguntarse si acaso Azucena no estaba tomando en serio sus palabras. Había dejado claro, con total franqueza, que ella tenía la libertad de rechazarlo, que nada le sucedería si lo hacía, que no habría castigo alguno si decidía apartarse de él. Y sin embargo, en ese breve momento de duda, pensó que tal vez lo ignoraba, que prefería entregarse con tal de asegurarse un futuro libre de represalias antes que arriesgarse a decirle que no.
Esa idea se cruzó por