C51: Si no deseas que te toque, aléjame.
Azucena permaneció estática, incapaz de comprender del todo lo que acababa de escuchar, con el corazón latiendo con fuerza y la mirada en el rostro de Askeladd, que se inclinaba sobre ella con una serenidad desconcertante.
—¿De... de qué está hablando, mi señor? —preguntó.
Askeladd, sin apartar los ojos de ella, deslizó lentamente su mano sobre el delicado contorno de su hombro. Sus dedos avanzaron con calma por la línea de su brazo, acariciándola con suavidad. Ante este contacto, Azucena dio