Cuando los golpes resonaron en la puerta, el sonido repentino hizo que Askeladd se congelara en el acto, su movimiento quedó interrumpido y el gemido que escapaba de los labios de Azucena se quebró al instante.
Askeladd reaccionó de manera instintiva, retirando los dedos con rapidez, como si hubiese sido sorprendido en un acto prohibido que no debía presenciar nadie. Se quedó callado, incapaz de pronunciar palabra, con los ojos fijos en la escena que tenía frente a él. Azucena seguía apoyada sob