—Con su permiso, Gran Alfa —dijo Ragnar al entrar, inclinando la cabeza en señal de respeto.
Askeladd, que aún intentaba recuperar la compostura tras lo ocurrido con Azucena, se dirigió hacia su escritorio. Allí comenzó a acomodar los documentos que momentos antes había apartado para poder colocarla sobre la superficie. Sus movimientos eran tranquilos, como si quisiera dar la impresión de que nada inusual había sucedido en el estudio, aunque Ragnar era bastante perceptivo y ya lo había notado.