En ese momento, Azhren apareció en aquel pasillo, aún con la mano firmemente presionada contra el ojo que Azucena le había arañado, y se detuvo en cuanto distinguió la figura imponente de Askeladd. Frente a él, la loba de cabellos desordenados y ropas maltrechas yacía en el suelo, con la frente contra las frías piedras en una postura de súplica, temblando sin poder levantar la mirada.
Azhren no titubeó, sino que enderezó los hombros y empezó a dar su propia versión, como si buscara ganar terren