El Arca del Tiempo flotaba inmóvil en un vacío que ya no era espacio, sino el margen blanco de una página infinita. Valeria Miller sentía que su propia piel perdía la calidez de la carne para adquirir la textura rugosa del pergamino. A su lado, el Mateo adolescente y la pequeña Sofía se aferraban a sus manos, sus formas volviéndose planas, como ilustraciones de un libro de cuentos que está siendo devorado por la humedad. Frente a ellos, el Sebastián del laboratorio, el Pensador Original, sosten