El amanecer sobre el valle del Génesis ya no reflejaba la luz ámbar de la torre.
En su lugar, un denso humo negro se arrastraba entre las ruinas de cristal y obsidiana, como el último suspiro de un gigante caído.
Sebastián permanecía de pie frente a los escombros, con su bastón de madera enterrado en la ceniza. Sus pulmones, ahora humanos y vulnerables, tosían por el aire cargado de partículas metálicas.
No queda nada que recuperar, Sebastián dijo Ricardo, cargando una mochila con los pocos d