El cielo de Siberia, una vez un manto de estrellas gélidas, se tiñó de una oscuridad orgánica. Miles de quimeras aladas, con membranas coriáceas que restallaban como latigazos contra el viento, ascendieron desde la ciudad de capullos de Thorne. A la cabeza de la horda, una criatura masiva, cuya estructura ósea recordaba vagamente a un fénix deformado, emitía una luz interna de color ámbar.
¡Sebastián, esa voz...! Valeria tropezó mientras descendían por la ladera rocosa, mirando hacia atrás con