La cueva, que en un principio parecía un refugio contra el invierno siberiano, se transformó en una garganta orgánica que amenazaba con devorar a Sebastián y Valeria. El olor a ozono y metal de sus armas fue reemplazado por un aroma dulzón y nauseabundo: el olor de la biomasa en descomposición y el fluido amniótico de las larvas que palpitaban bajo sus pies.
Elena Vance, o lo que quedaba de ella, permanecía bajo la luz mortecina de las antorchas, su piel vibrando con una red de hongos plateados