El calor del Desierto del Sahara no se parecía a nada que Sebastián hubiera sentido antes.
Si el frío de Siberia paralizaba los nervios, el calor de Egipto parecía querer evaporar el alma.
El viento Khamasín soplaba con fuerza, llevando arena fina que abrasaba los pulmones y rayaba los cristales protectores de su vehículo táctico.
Sebastián, Valeria y la conciencia digital de Mateo que ahora residía en una unidad de procesamiento portátil de última generación salvada del Leviatán avanzaban a