El frío de Siberia no era como el de los Alpes; era un frío que devoraba la voluntad, un vacío térmico que penetraba los huesos a pesar de las capas de aislamiento térmico de última generación. Sebastián y Valeria avanzaban a través de la taiga profunda, a cientos de kilómetros de cualquier asentamiento humano registrado. El suelo, cubierto por una capa de permafrost y nieve vieja, crujía bajo sus botas con un sonido que parecía demasiado fuerte en un bosque donde las aves habían dejado de cant