El amanecer en Londres no trajo la luz dorada que Valeria Miller esperaba, sino un cielo de plomo que parecía reflejar el estado de su alma tras la confesión de Sebastián.
Durante toda la noche, Valeria se había quedado sentada en la biblioteca, viendo cómo el fuego se apagaba lentamente hasta convertirse en cenizas frías.
Las palabras de Sebastián sobre aquellos segundos de duda en la carretera nacional de Madrid se repetían en su mente como un disco rayado.
Sabía que su orgullo exigía que lo