La primera mañana en la residencia renovada de Madrid no se sintió como un regreso al pasado, sino como el inicio de una era tecnológica dirigida por una nueva generación.
Mateo Miller, sentado frente a su terminal de tres pantallas en su habitación, no estaba jugando a los videojuegos habituales de un niño de su edad.
Sus pequeños dedos ágiles volaban sobre el teclado, ejecutando líneas de código que se integraban con el sistema domótico de la casa.
Mateo sabía que, aunque su madre Valeria