El aire dentro de la cabina de la nave de reconocimiento se volvió gélido de una manera antinatural, una frialdad que no provenía de un fallo en los sistemas de calefacción, sino de la presencia absoluta de la mujer de negro que aguardaba afuera.
Valeria Miller observaba a través del cristal reforzado cómo las espinas de obsidiana que rodeaban la nave vibraban con una frecuencia que hacía sangrar sus oídos, mientras el Atlántico Norte se quedaba extrañamente quieto, como si el agua misma tuvie