La penumbra de la vieja catedral de Toledo no solo albergaba el polvo de los siglos, sino también el peso de una tensión que amenazaba con quebrar el aire mismo.
Diego se detuvo frente al altar mayor, sus botas resonando contra el mármol frío con un eco seco que parecía juzgar su propia existencia.
No había nadie más allí, o al menos eso dictaban sus sentidos entrenados, pero el rastro de ceniza fresca en el suelo le decía una verdad distinta.
El enemigo no solo estaba cerca, sino que ya había