El USS Halsey se detuvo a un kilómetro de la costa, sus motores rugiendo en un esfuerzo por mantener la posición contra la resaca de una marea roja y aceitosa.
La icónica noria del muelle de Santa Mónica, ahora un esqueleto de metal oxidado envuelto en cables de datos, se alzaba como un monumento al fin de la era humana.
No había música, solo el lamento del viento metálico y el estruendo de los cañones del barco intentando despejar la playa.
¡Lanchas de asalto al agua! gritó el Coronel Kovic