La lluvia golpeaba con furia los ventanales de la mansión De la Cruz, como si el cielo mismo estuviera descargando la ira que Sebastián ya no podía sostener. El silencio en el ala oeste era absoluto, un vacío ensordecedor que le recordaba que la cama de Mateo estaba fría y que el perfume de Valeria ya no flotaba en el pasillo.
Sebastián estaba desplomado frente a los monitores del centro de seguridad. La botella de whisky, medio vacía, yacía en el suelo. Sus ojos rojos escudriñaban el mensaje