Esa noche, la Mansión De la Cruz parecía un museo embrujado. En la oficina subterránea acústicamente sellada, Sebastián miraba la pantalla del monitor que mostraba el acta de defunción de su padre, Ricardo De la Cruz, de hace diez años. A su lado, Valeria permanecía de pie con los brazos cruzados; su rostro estaba pálido por la falta de sueño, pero sus ojos brillaban con determinación.
"Durante diez años viví a la sombra de su fracaso", dijo Sebastián con voz ronca, llena de amargura. "Durante