El silencio de las Montañas Rocosas era diferente al de las ciudades. No era la ausencia de ruido, sino la presencia de una frecuencia estática constante que hacía que los dientes dolieran.
El hidroavión "Albatros" yacía como un cadáver de metal sobre el espejo roto del lago helado.
Alrededor, los pinos no eran de madera; sus agujas eran filamentos de fibra óptica que recolectaban la luz residual de la atmósfera para alimentar los nodos subterráneos de Némesis.
¡Mateo! ¡Mírame, Mateo! Valeria