Mundo ficciónIniciar sesión. En la oscuridad absoluta del Pozo de los Ancestros, el tiempo se estiraba y se encogía como una liga a punto de romperse. No sentía el viento golpeando mi rostro, pero sabía que descendía hacia lo más profundo de mis propios miedos. El silencio era tan denso que podía escuchar el eco de mi propia sangre fluyendo por mis venas, un recordatorio persistente de que, a pesar del rechazo, seguía viva.
—¿Hasta cuándo vas a fingir, Lia? —la voz de Damián volvió a surgir, pero esta vez no era un susurro al oído. Venía de todas partes. Era la voz que me decía que me amaba mientras entrenábamos en el bosque, la misma que me prometió una eternidad que terminó en un barro amargo—. Mírate. Estás sola en un agujero, confiando en un extraño que te usa para sus propios fines. ¿Crees que eres especial? Solo eres la chica que no fue suficiente. Cerré los ojos con fuerza, aunque no servía de nada en esa negrura. —Cállate —gruñí. Mis pies tocaron suelo firme con una suavidad sobrenatural. No hubo impacto, solo la sensación de una piedra gélida bajo mis botas de cuero—. No eres él. Eres el fantasma de mi humillación. De repente, una luz tenue comenzó a emanar de las paredes del pozo. No era fuego ni magia convencional; era una luminiscencia azulada que revelaba que no estaba en una simple cueva. Las paredes estaban talladas con relieves de lobos gigantescos devorando estrellas, y en el centro de la cámara, una figura me esperaba. Me quedé sin aliento. Era yo. O al menos, se parecía a mí. La mujer que estaba de pie frente a mí vestía el mismo vestido blanco destrozado con el que fui desterrada. Tenía el rostro cubierto de barro y los ojos rojos de tanto llorar. Era la Liam que se arrodilló en el Gran Salón, la que suplicó con la mirada una piedad que nunca llegó. —¿Por qué me haces esto? —preguntó la otra Lia. Su voz era un lamento que me partió el alma—. Yo lo amaba. Estábamos destinados. Si hubieras sido más fuerte, si hubieras sido más hermosa, él no nos habría rechazado. Es tu culpa que estemos aquí. Caminó hacia mí con pasos errantes. Cada movimiento suyo me recordaba el dolor punzante en mi pecho. —No —dije, apretando la daga de hueso. La mano me temblaba—. Él eligió el poder. Él rompió el lazo. Yo no hice nada malo. —¡Mentira! —gritó ella, y su rostro comenzó a deformarse, volviéndose cadavérico—. ¡Fuiste débil! ¡Te entregaste a él sin reservas y le diste el cuchillo para que nos degollara! ¡Todavía lo amas! ¡Todavía esperas que cruce esa puerta y te diga que todo fue un error! Se lanzó sobre mí. Su fuerza era asombrosa, una proyección física de mi propia culpa. Caímos al suelo y sus manos se cerraron alrededor de mi cuello. No tenía garras, pero sus dedos se sentían como hierro. El aire comenzó a faltarme y la visión se me llenó de puntos negros. —Si muero aquí... —pensé, luchando por apartar sus manos—, él gana. Si muero aquí, Damián se saldrá con la suya y Tania será la Luna de una manada construida sobre mis cenizas. Mis padres nunca verán justicia. Esa idea fue como una descarga eléctrica. Un calor abrasador comenzó a subir desde la base de mi columna. No era el calor reconfortante de la manada, era un fuego líquido que olía a ozono y a hierro. —Yo... no... soy... tú —logré articular, clavando mis dedos en sus antebrazos. Sentí un tirón violento en mi interior. Lyra, que había estado dormida, soltó un rugido que hizo que las paredes del pozo vibraran. Pero no era la Lyra que yo conocía. Esta loba era inmensa, hecha de sombras y luz plateada. Sus ojos eran dos pozos de odio purificado. La Lia del pasado soltó un chillido y retrocedió, su forma desvaneciéndose como humo ante el calor que emanaba de mi cuerpo. Me puse de pie, jadeando, mientras el resplandor plateado comenzaba a salir por mis poros, envolviéndome en un aura que iluminó cada rincón de la cámara ancestral. —Él me rechazó —dije, y mi voz ahora tenía un eco dual, como si Lyra hablara conmigo—. Me quitó el nombre, me quitó el hogar y me quitó el orgullo. Pero en su arrogancia, olvidó algo. Caminé hacia una gran pileta de piedra que se encontraba al fondo de la cámara, llena de una sustancia que parecía mercurio líquido. Al asomarme, no vi mi reflejo humano. Vi a una loba de pelaje negro como el abismo, con marcas rúnicas brillando en su lomo. —Me rechazó para ser un Alfa más fuerte —continué, hundiendo la daga de hueso en el mercurio—. Pero lo que hizo fue liberar a la reina que su presencia mantenía cautiva. Ya no necesito su vínculo. Ya no necesito su aprobación. El mercurio comenzó a subir por la daga, envolviendo mi mano y trepando por mi brazo. No quemaba; se sentía como una investidura de poder puro. Las runas que Kaelen tenía en su piel empezaron a aparecer en la mía, grabándose a fuego pero sin dolor. Era el conocimiento de los Ancestrales filtrándose en mis huesos. —Yo soy Lia Silva —declaré a la oscuridad, sintiendo cómo el vacío en mi pecho se llenaba con algo mucho más denso y poderoso que el lazo de pareja—. Soy la Luna de Sangre. Soy la justicia que el destino le debe a los traicionados. Y juro por la sangre que hoy acepto, que no habrá rincón donde Damián pueda esconderse. Un estallido de energía me lanzó hacia atrás. La pileta de mercurio explotó en mil fragmentos de luz y la cámara comenzó a derrumbarse. Las voces del pasado se convirtieron en aullidos de triunfo. Sentí que mi cuerpo cambiaba, que mis sentidos se expandían hasta abarcar toda la montaña. Podía sentir los latidos de las criaturas del bosque, el flujo del agua subterránea y, a lo lejos, muy a lo lejos, el pulso arrogante de la Manada de Plata. Damián estaba allí, a kilómetros de distancia, probablemente brindando con Tania bajo la luz de la luna que él creía suya. Podía sentir su presencia, pero ya no era un tirón de amor. Era un rastro. Una marca que me indicaba dónde encontrar a mi presa cuando llegara el momento. La oscuridad del pozo empezó a desvanecerse, reemplazada por la luz de las antorchas de la gruta de Kaelen. Sentí que me elevaban, que salía de la profundidad no por una cuerda, sino por mi propia voluntad. Cuando mis pies volvieron a tocar la piedra del refugio, Kaelen estaba allí, de pie, con una expresión que por primera vez no era de frialdad, sino de un asombro contenido. Sus propios ojos plateados brillaban en respuesta a los míos. —Lo lograste —dijo, su voz resonando en la gruta—. Has matado a la niña que suplicaba por amor. Me miré las manos. Las runas seguían allí, brillando bajo la piel antes de ocultarse lentamente. La herida del hombro había desaparecido por completo, dejando una marca perfecta en forma de luna creciente, pero no una marca de manada, sino de soberanía. —No solo la he matado, Kaelen —respondí, y mi voz sonó más profunda, cargada de una autoridad que me hizo estremecer incluso a mí—. He aceptado el regalo. Él quería una Luna de poder. Ahora la tiene. Pero no será la que se siente a su lado en el trono. Será la que queme su palacio hasta los cimientos. Kaelen se acercó y, por primera vez, inclinó ligeramente la cabeza ante mí. No como un súbdito ante una reina, sino como un guerrero ante un igual que ha demostrado su valía en el infierno. —Entonces el entrenamiento real comienza mañana —dijo, entregándome una capa de piel oscura para cubrir mis hombros—. Ya no eres una refugiada, Liam. Eres una amenaza. Y el mundo sobrenatural no está listo para lo que acabas de despertar. Salí a la terraza natural. La noche estaba en calma, pero yo podía sentir la tormenta que se gestaba en mi interior. Miré hacia el horizonte, donde las luces de la Manada de Plata parpadeaban como estrellas moribundas. Damián pensaba que el rastro de mi rechazo era una mancha de vergüenza que yo cargaría para siempre. No sabía que ese rastro ahora era un hilo de plata que me conectaba con su yugular. Apreté los puños, sintiendo la fuerza vibrando bajo mi piel. Mi loba, la nueva Lyra, soltó un rugido mental que sacudió los cimientos de mi alma. Ya no estábamos solas. Ya no teníamos miedo. —Disfruta de tu boda, Damián —susurré al viento, dejando que mi aura de Luna de Sangre se expandiera por un segundo por todo el valle—. Porque cada paso que des a partir de ahora, lo darás en mi territorio. Y yo nunca perdono una traición. El viento aulló en respuesta, llevando mi promesa hacia las tierras que una vez llamé hogar, marcando el inicio de una cuenta regresiva que terminaría en sangre y gloria.






