El frío de la montaña tras la incursión al campamento de Damián no era solo climático; era una costra de hielo que se formaba sobre mi piel, recordándome que había estado a centímetros de la garganta del hombre que una vez fue mi aire. Kaelen me recibió en la entrada de la gruta, sus ojos plateados escaneando el trozo de seda del estandarte que colgaba de mi mano. No dijo nada, pero la tensión en su mandíbula delataba que sabía que algo había cambiado en ese encuentro.
Me desplomé en el rincó