97. LA CONFESIÓN DE LEONARD
Tomé una respiración profunda, aunque el dolor me atravesaba como un cuchillo afilado. Cada palabra que estaba por decir era una herida más que se abriría entre nosotros. Maldije al destino por ponerme en esta posición, pero lo enfrenté igualmente, porque Clío merecía saberlo todo.
—¡No puedo hacer eso! ¡Yo soy ese chico que te hizo todo eso, Clío! ¡Quisiera no serlo, pero lo soy, lo soy! —aseguré con sinceridad. No podía engañarla, aunque la perdiera.
—¡¡¿Cómo pudiste dejarme sola y embarazada