96. EL SECRETO DE LEONARD
Después de acostarme con Clío, ninguno de los dos habló. No supe cuándo el sueño me ganó. Realmente me sentía muy mal. Unos fuertes movimientos y gritos me despertaron. Era Clío, otra vez teniendo una pesadilla. La llamé, pero ella se defendía de mí, aterrada.
—Soy yo, Clío. Soy yo, despiértate, es una pesadilla— le repetía una y otra vez, hasta que la vi abrir bien los ojos y luego lanzarse a mis brazos, llorando.
Me quedé quieto, abrazándola mientras la acariciaba, tratando de que se calmara