98. CONTINUACIÓN
Clío cruzó los brazos y se giró un poco, como si necesitara procesar más información. El ambiente se volvió densamente silencioso, y en ese momento, su mirada no era la de una mujer dolida ni enojada, sino la de alguien tratando de descifrar un rompecabezas complicado.
—¡Te lo juro, Clío! ¡Yo no sabía nada de esa droga! —aseguré con vehemencia al ver que me prestaba más atención—. Yo, cuando me metí contigo en el clóset, fue cuando sentí aquellas ansias locas de tener sexo; eran insoportables,