El sonido de las sirenas policiales que rugían fuera del almacén de Soacha sonó como una sinfonía de victoria para Valentina, pero no tenía tiempo de celebrarlo.
Don Arturo permanecía inmóvil en un rincón del almacén; su rostro, generalmente impasible, ahora parecía un trozo de porcelana antigua agrietada y a punto de romperse.
Su mirada estaba fija en la cámara oculta en el botón de la chaqueta de médica de Valentina un pequeño objeto que acababa de destruir la reputación que había construid