Las ruedas del viejo coche chirriaron suavemente al entrar en los límites del suburbio de Bogotá.
La lluvia caía a intervalos, mojando el parabrisas roto y creando visiones borrosas de los rascacielos que ahora parecían monstruos de hormigón esperando devorarlos.
Valentina se sentó en el asiento del copiloto, abrazando la carpeta negra que le había dado Sebastián como si fuera el único salvavidas en medio de un océano furioso.
En el asiento trasero, Carolina dormía profundamente bajo el efect