Un silencio mortal envolvió la sala de juntas principal de la Torre Valderrama, interrumpido solo por el zumbido del proyector que aún mostraba los datos de transacciones ilegales hacia Panamá.
El tío Ricardo permanecía de pie inmóvil; su rostro, que antes estaba encendido de ira, ahora se había vuelto pálido como un cadáver recién sacado del fondo de un río.
Sus manos, que apretaban la mesa, temblaban con tanta fuerza que la pluma de oro que estaba cerca cayó al suelo de mármol con un sonido