El sol de finales de septiembre no caía sobre el Valle del Silencio, lo acariciaba. La luz tenía esa cualidad dorada y espesa, casi tangible, que solo se encuentra en los días de vendimia, cuando el aire huele a azúcar, a tierra removida y a promesas cumplidas. Las filas interminables de vides, cargadas de racimos oscuros y pesados, se extendían como un mar en calma hasta donde alcanzaba la vista, interrumpidas solo por el ajetreo rítmico de los recolectores que cantaban mientras trabajaban.
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