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Capítulo 2: La Jaula de Oro y Piedra

El silencio dentro del vehículo era más ensordecedor que la tormenta que azotaba el exterior. El único sonido era el rítmico golpe de los limpiaparabrisas luchando contra el diluvio y el zumbido constante del motor de alta gama devorando los kilómetros de asfalto.

Elena temblaba. No era solo el miedo, aunque este corría por sus venas como un veneno helado; era también el frío físico. Su vestido de seda blanca, elegido esa mañana para una cena que nunca ocurrió, estaba empapado por los breves segundos que había pasado bajo la lluvia antes de entrar al coche. La tela mojada se adhería a su piel, y el aire acondicionado del vehículo estaba encendido a una temperatura gélida.

Abrazó su propio cuerpo, frotando sus brazos desnudos en un intento inútil de generar calor. Sus dientes castañeteaban ligeramente, un sonido vergonzoso en la quietud de la cabina.

Alejandro conducía con una calma perturbadora. Sus manos grandes y fuertes sostenían el volante con una firmeza relajada, como si no estuviera secuestrando a una mujer, sino simplemente dando un paseo dominical. No la miró. Ni una sola vez desvió sus ojos oscuros de la carretera iluminada por los faros, pero Elena podía sentir su consciencia sobre ella. Él sabía que ella tenía frío. Sabía que estaba sufriendo. Y no hizo absolutamente nada para cambiarlo.

Esa pequeña crueldad, esa indiferencia calculada, fue lo que finalmente rompió la parálisis inicial de Elena.

"¿A dónde vamos exactamente?", preguntó ella. Su voz salió ronca, raspada por el llanto que se negaba a liberar.

Alejandro no respondió de inmediato. Dejó que la pregunta flotara en el aire, marchitándose. Pasó un minuto entero antes de que decidiera que ella merecía una respuesta.

"A la finca", dijo simplemente.

"Sé que vamos a una finca", replicó Elena, encontrando una pequeña chispa de valentía en su desesperación. "Pregunté dónde está".

"En el Valle del Silencio".

Elena sintió que el estómago se le caía a los pies. El Valle del Silencio estaba a más de tres horas de la ciudad, en una región montañosa y aislada conocida por sus viñedos antiguos y su terreno difícil. Estaría completamente desconectada de todo lo que conocía. Sin amigos. Sin cobertura telefónica confiable. Sola con él.

"¿Por qué haces esto, Alejandro?", insistió ella, girando el cuerpo en el asiento de cuero para mirarlo de perfil. La luz intermitente de las farolas que pasaban iluminaba su rostro, resaltando la dura línea de su mandíbula y la cicatriz casi imperceptible que cruzaba su ceja izquierda. "Tienes el dinero. Tienes la empresa. Mi padre está arruinado. ¿Qué ganas teniéndome a mí?".

Alejandro frenó suavemente al tomar una curva cerrada antes de acelerar de nuevo.

"Tú no eres una ganancia, Elena. Eres un recordatorio".

"¿Un recordatorio de qué?".

"De que siempre se paga lo que se debe", dijo él con frialdad. "Tu padre vivió como un rey durante veinte años gracias al sacrificio de mi familia. Ahora, yo viviré como un rey gracias al sacrificio de la suya. Es poético, ¿no te parece?".

"No es poético, es sádico", susurró ella.

Alejandro soltó una risa seca, carente de humor.

"Bienvenida a mi mundo, princesa. Acostúmbrate".

El viaje continuó en un silencio opresivo. Elena vio cómo las luces de la ciudad se desvanecían en el espejo retrovisor, reemplazadas por la oscuridad absoluta del campo. Los edificios altos dieron paso a árboles fantasmales que se inclinaban sobre la carretera como centinelas deformes. La carretera asfaltada eventualmente se convirtió en grava, y el suave zumbido del coche fue reemplazado por el crujido de las piedras bajo los neumáticos.

Después de lo que parecieron horas, Alejandro redujo la velocidad. Delante de ellos, iluminada por los relámpagos que aún desgarraban el cielo, se alzaba una estructura imponente.

No era una casa. Era una fortaleza.

La Hacienda Vargas se extendía ante ellos como un gigante dormido. Construida en piedra gris oscura, con techos de pizarra y ventanas altas y estrechas, parecía haber surgido de la misma tierra rocosa. No había calidez en su arquitectura. Era un edificio diseñado para resistir tormentas, guerras y el paso del tiempo, pero no para acoger a una familia. Unas enormes puertas de hierro forjado, coronadas con el escudo de la familia Vargas (un halcón con las garras extendidas), se abrieron automáticamente al detectar el vehículo.

Alejandro condujo por el largo camino de entrada, flanqueado por viñedos interminables que se extendían hacia la oscuridad como un mar negro.

Al detener el coche frente a la entrada principal, Elena notó que no había luces encendidas, salvo una lámpara solitaria sobre el portón de madera maciza. No había nadie esperando. Ningún comité de bienvenida. Solo la piedra fría y la lluvia.

"Baja", ordenó Alejandro, apagando el motor.

Elena tuvo que obligar a sus piernas a moverse. Estaban entumecidas por el frío y la tensión. Abrió la puerta y el viento helado la golpeó de inmediato, empapándola aún más en cuestión de segundos. Alejandro ya estaba fuera, caminando hacia la entrada sin esperarla.

Elena corrió tras él, sus tacones resbalando en los adoquines mojados, luchando por no caer. Subió los escalones de piedra justo cuando él abría la puerta principal con una llave pesada de bronce.

El interior de la casa no era mucho más cálido que el exterior.

Elena entró en un vestíbulo cavernoso. El suelo era de mármol blanco y negro, dispuesto en un patrón de tablero de ajedrez que parecía extenderse infinitamente. Una escalera doble de madera oscura dominaba el espacio, subiendo hacia las sombras del segundo piso. No había flores frescas. No había fotos familiares. Solo muebles antiguos cubiertos de polvo y una atmósfera de abandono regio.

"Bienvenido a casa, Señor Vargas".

La voz surgió de las sombras debajo de la escalera, haciendo que Elena diera un respingo. Una mujer mayor, vestida con un uniforme negro impecable y el cabello gris recogido en un moño severo, avanzó hacia la luz. Su rostro era un mapa de arrugas profundas, y sus ojos eran pequeños, oscuros y observadores.

"Matilde", saludó Alejandro con un asentimiento breve. "No esperaba que estuvieras despierta".

"Sabía que llegaría hoy, señor. Preparé la cena fría, como le gusta".

La mirada de Matilde se deslizó desde Alejandro hasta Elena. No hubo cortesía en sus ojos. No hubo curiosidad. Hubo un reconocimiento inmediato y un odio palpable. Elena se sintió encoger bajo el escrutinio de la mujer. Era evidente que Matilde sabía exactamente quién era ella y qué representaba su apellido.

"¿Es ella?", preguntó Matilde, su tono destilando desprecio. "La hija de Ricardo Castillo".

"Es ella", confirmó Alejandro, quitándose la chaqueta del traje y lanzándola sobre una silla cercana. "Matilde, esta es Elena. A partir de hoy, vivirá aquí".

La anciana apretó los labios en una línea fina, como si hubiera probado algo amargo.

"¿La instalo en la suite principal, señor?".

Alejandro se detuvo. Se giró lentamente para mirar a Elena, quien permanecía junto a la puerta cerrada, goteando agua sobre el mármol inmaculado, tiritando visiblemente. Una sonrisa cruel curvó sus labios.

"No", dijo él suavemente. "La suite principal es para la señora de la casa. Elena no es la señora de la casa".

Elena levantó la vista, confundida y herida. Acababan de firmar un papel. Legalmente, ella era su esposa.

"Entonces, ¿dónde?", preguntó Matilde.

"Ponla en la habitación del torreón este. La antigua habitación de servicio".

Los ojos de Matilde brillaron con una satisfacción maliciosa. "Entendido, señor".

"Pero eso no es...", Elena intentó hablar, pero la mirada de Alejandro la silenció.

"¿No es qué?", preguntó él, dando un paso hacia ella. "¿No es lo suficientemente lujoso para la princesa Castillo? ¿Esperabas sábanas de seda y pétalos de rosa?".

"Esperaba un mínimo de dignidad", respondió ella, alzando la barbilla a pesar del temblor de su mandíbula. "Soy tu esposa, Alejandro".

"Eres un pago", la corrigió él brutalmente. "Eres un activo que he adquirido. Y hasta que decida qué hacer contigo, dormirás donde yo te diga".

Se giró hacia Matilde. "Llévala arriba. Asegúrate de que no salga esta noche".

"Sí, señor. Venga conmigo", dijo Matilde, haciéndole un gesto brusco a Elena.

Elena miró a Alejandro una última vez, buscando algún rastro de humanidad, algún indicio de que esto era solo una actuación para asustarla. Pero no encontró nada más que hielo. Con el corazón roto y el orgullo hecho jirones, siguió a la ama de llaves hacia la escalera.

La subida fue larga y silenciosa. Los pasillos de la planta superior eran laberínticos, llenos de puertas cerradas y retratos de antepasados de mirada severa que parecían juzgarla a cada paso. El aire olía a cera de velas y a madera vieja.

Finalmente, llegaron al final de un pasillo estrecho en el ala este de la casa. Matilde abrió una puerta de madera sencilla y se hizo a un lado.

"Aquí es", dijo la mujer.

Elena entró. La habitación era pequeña, circular, ubicada evidentemente en una de las torres de la estructura. Hacía frío, mucho más frío que en el resto de la casa. Había una cama estrecha de hierro con una colcha gris fina, un armario ropero pequeño y una ventana estrecha sin cortinas por la que se filtraba la luz de los relámpagos. No había alfombras. No había calefacción. Parecía la celda de una monja, o peor, de una prisionera.

"No hay ropa de cama extra", dijo Matilde desde la puerta. "Y el baño está al final del pasillo. El agua caliente tarda en salir, si es que sale".

"Gracias", dijo Elena, negándose a darle a la mujer la satisfacción de verla llorar.

Matilde resopló.

"No me des las gracias, niña. Si por mí fuera, no habrías cruzado el umbral de esta casa. Tu padre destruyó a buena gente. No creas que porque llevas un anillo en el dedo eres bienvenida aquí. Aquí, el apellido Castillo es sinónimo de maldición".

Con eso, la mujer cerró la puerta. Elena escuchó el sonido inconfundible de una llave girando en la cerradura desde el exterior.

Corrió hacia la puerta y giró el pomo. Estaba cerrado.

"¡No puedes encerrarme!", gritó, golpeando la madera con el puño. "¡Ábreme! ¡Tengo derechos!".

Nadie respondió. Sus gritos fueron absorbidos por la piedra gruesa de las paredes.

Elena se dejó caer de espaldas contra la puerta, deslizándose hasta el suelo. Abrazó sus rodillas contra su pecho y, finalmente, permitió que las lágrimas salieran. Lloró por la traición de su padre. Lloró por la pérdida de su vida, de sus sueños, de su libertad. Lloró de frío y de miedo.

No supo cuánto tiempo pasó allí, acurrucada en la oscuridad, escuchando la tormenta rugir fuera. Tal vez una hora. Tal vez dos.

De repente, la llave giró de nuevo en la cerradura.

Elena se puso de pie rápidamente, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. No quería que él la viera rota. No le daría ese poder.

La puerta se abrió y Alejandro entró.

Se había quitado la corbata y desabrochado los primeros botones de su camisa blanca, revelando la piel bronceada de su garganta. Llevaba una botella de whisky en una mano y un vaso en la otra. Parecía más relajado, pero también más peligroso. Sus ojos estaban ligeramente vidriosos, y había una soltura en sus movimientos que sugería que había estado bebiendo desde que llegaron.

"¿Disfrutando de tu nueva suite?", preguntó, apoyándose en el marco de la puerta.

Elena se cruzó de brazos, tratando de ocultar lo mucho que temblaba.

"Es una celda", dijo ella. "Me has encerrado como a un animal".

"Es por tu seguridad", dijo él con sarcasmo. "Es una casa grande. Podrías perderte. O podrías intentar escapar, y los perros de la finca no son muy amigables con los extraños".

"No tengo a dónde ir, Alejandro. Mi padre me vendió. No tengo dinero. No tengo coche. ¿A dónde iría?".

Alejandro dio un paso dentro de la habitación, cerrando la puerta detrás de él con el pie. La atmósfera cambió instantáneamente. El espacio pequeño se sintió de repente minúsculo con su presencia dominante. Olía a licor y a lluvia.

"Tienes razón", dijo él, acercándose a ella lentamente. "No tienes a dónde ir. Perteneces aquí. Me perteneces a mí".

Se detuvo frente a ella, invadiendo su espacio personal. Elena tuvo que contener la respiración. Podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, un contraste tentador con el frío de la habitación.

"¿Qué quieres de mí?", susurró ella. "Ya me has humillado. Ya me has quitado todo. ¿Qué más quieres?".

Alejandro levantó la mano y, con un dedo, trazó la línea de su mandíbula. Su toque fue suave, casi tierno, lo que lo hizo aún más aterrador.

"Quiero ver si te rompes", murmuró, mirando sus labios. "Quiero ver cuánto de la arrogancia de Ricardo Castillo hay en ti. Quiero ver si puedes sobrevivir al invierno en el Valle del Silencio".

"No soy mi padre", dijo Elena con firmeza, sosteniendo su mirada. "Puedes castigarme todo lo que quieras, pero no soy él. Y no me voy a romper".

Los ojos de Alejandro se oscurecieron. La desafío en la voz de ella pareció encender algo en su interior, algo volátil.

"Eso ya lo veremos, esposa".

Dejó caer la mano y dio un paso atrás, como si tocarla le quemara.

"Mañana empezarás a trabajar".

"¿Trabajar?".

"Sí. No mantengo parásitos. Matilde te dará una lista de tareas al amanecer. Te ganarás tu comida y tu techo como cualquier otro empleado de esta finca".

"¿Quieres que sea una sirvienta?", preguntó ella, incrédula.

"Quiero que seas útil", respondió él. "Y hasta que demuestres que vales algo más que el apellido maldito que llevas, trabajarás".

Se giró para irse, pero se detuvo con la mano en el pomo de la puerta. No se volvió para mirarla.

"Y Elena... no esperes que comparta esta cama contigo. No toco lo que ha sido manchado por la traición. Duerme bien".

Salió y cerró la puerta. Esta vez, no giró la llave. No hacía falta. Sus palabras habían sido una cerradura mucho más efectiva que cualquier metal.

Elena se quedó de pie en medio de la habitación oscura y fría. La humillación ardía en su pecho. Él planeaba degradarla, convertirla en una criada en su propia casa, romper su espíritu hasta que no quedara nada.

Miró la cama estrecha y vacía. Se acercó a la ventana y miró hacia fuera, hacia la oscuridad impenetrable de los viñedos bajo la lluvia.

Alejandro Vargas pensaba que ella era débil. Pensaba que era una princesa mimada que se marchitaría con la primera helada.

Elena apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas.

"Se equivoca", susurró a la noche vacía. "Voy a sobrevivir. Y algún día, Alejandro Vargas, serás tú quien me pida clemencia".

Se quitó el vestido de novia mojado, dejándolo caer al suelo como una piel muerta, y se metió bajo la fina colcha gris, tiritando mientras esperaba un amanecer que prometía ser tan cruel como la noche.

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