La semana transcurrió entre hospitales y cafés. Lucía iba cada tarde a ver a Alejandro —conversaciones cortas, silencios largos, pero sin faltar un solo día— y Valeria la acompañaba, esperaba en el pasillo y, a veces, se encontraba con Gabriel.
No hablaban de lo que sentían. No hacía falta.
Pero aquel sábado, Lucía llegó a casa con una luz diferente en los ojos. Valeria la reconoció al instante: era la misma que ella había tenido a los diecinueve años, cuando creía que el amor lo podía todo.
—M