Al día siguiente, Lucía se levantó temprano. Demasiado temprano para ser sábado. Valeria la encontró en la cocina, con el teléfono en la mano y una sonrisa que no se borraba.
—¿Alguien ha dormido mal? —preguntó Valeria, sirviéndose café.
—He dormido bien —mintió Lucía, sin disimular—. Es que Sebastián me escribió anoche. Quiere que tomemos un café esta tarde.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que sí.
Valeria sonrió. Ver a su hija ilusionada le devolvía algo que creía perdido: la certeza de que la vida se