El sol aún no había salido cuando Valeria aparcó el coche frente al hospital. Lucía iba a su lado, con el pelo recogido en una coleta y las manos apoyadas sobre el regazo, apretando una botella de agua que aún no había abierto.
—¿Tienes miedo? —preguntó Valeria, apagando el motor.
—Un poco —respondió Lucía, mirando al frente—. No por mí. Por él y por ti.
—¿Por mí?
—Mamá, sé que papá te hizo mucho daño. Pero también sé que tú lo quisiste. Y que a pesar de todo, no quieres que se muera. —Lucía se