Capítulo 41.
POV Armando.
La impotencia es un veneno lento. Destroza la calma, devora la paciencia y te hace sentir menos hombre, menos soldado, menos líder. Jeremías y Víctor estaban en las calles, trabajando con la precisión de siempre, revisando cámaras, hablando con informantes, presionando en los casinos donde el miserable padre de Cintia solía perderlo todo. Adrián también salió con ellos, con el rostro endurecido por la desesperación y un fuego en los ojos que no le había visto antes.
Yo… yo estaba aquí. Encerrado en mi propia mansión, con los músculos tensos y el pecho aún adolorido por la herida que casi me costó la vida. Un general sentado en su propia cama, esperando noticias como un inválido. La rabia me consumía.
Mientras tanto, Valeria se había encargado de calmar a Alma, la pobre mujer estaba inconsolable. Ana llegó poco después, acompañada de Vanessa, y entre las dos lograron darle un calmante. Cristina, con la fuerza que da la rabia, se quedó al lado de su madre hasta que el sueño